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LAS PALMAS DE GC | OPINIÓN
Martes, 15 de Marzo de 2016 a las 22:13 horas
Entre la Atlántida y San Borondón
Canarias - Noticias -  Opinión - Entre la Atlántida y San Borondón
Luis León Barreto
Luis León Barreto es periodista y escritor. blogdeleonbarreto.blogspot.com
El agobio del desmesurado océano necesitó el alivio legendario, con la presencia juguetona de San Brandado o San Brandán, que según las crónicas vivió en el siglo VI, fue abad obispo de Conflert, en Irlanda, y de acuerdo con el texto novelesco de un monje del siglo XI emprendió un viaje por aguas embravecidas. Rodando hacia Escocia él y sus compañeros descubren y evangelizan la Isla de los Pájaros Blancos que cantan las alabanzas del Señor. Más allá contemplan la Isla del Infierno, y después de siete años de viaje desembarcan en el Paraíso de las Delicias, entre fragancias, cantos, aguas suaves, animales mansos y frutos abundantes, en cuyo centro se alza una gran columna capaz de llegar hasta el cielo.

Lo milagroso es que todo ello aconteciera mientras viajaban a lomos saltarines de grandes cetáceos, desde los que San Brandán era capaz de entrever esas islas voladizas, como si se tratara de esquirlas prodigiosas del territorio de los atlantes, aquel que –según Platón- fuera hundido en una jornada por la cólera de los dioses. La Iglesia repudia esta leyenda, calificada de “deliramenta apocrypha” pero ello no fue obstáculo para que los marinos creyesen en San Borondón, que fue señalada en los mapas. Hubo testigos que afirmaron haber bebido agua de sus arroyos, y hasta fue reivindicada por Portugal, y objeto de expediciones de conquista, las últimas en el siglo XVIII. Todavía en la década de los 50 del siglo XX un fotógrafo llamado Manuel Rodríguez Quintero creyó obtener su imagen, y la publicó en el ABC. El cronista de El Hierro, José Padrón Machín, también creía en esa isla y a fe que es difícil convencer a quienes la han contemplado de que según los expertos la isla Aprositus, Encubierta o Non Trubada, es una acumulación de nubes, un espejismo, el efecto de una refracción de la luz solar entre La Palma y El Hierro.

Sacudido por las convulsiones de la historia –saqueos de piratas, epidemias, hambrunas- pronto quedó hecho pedazos el mito de las islas afortunadas sobre las que descendía el maná de miel y leche, según contaban los autores griegos y latinos. Para esta sangre mestiza, hija de las tentaciones de la orilla, producto del cruce de los navegantes que vienen de conquista, de paso o son expelidos hacia estas costas por los naufragios, la mejor alternativa es mirar hacia adentro. Es la tendencia más común ante el síndrome de inseguridad que proporcionan las aguas, por donde vino la depredación, la incertidumbre y la zozobra de una vida edificada sobre la fragilidad, a expensas de la economía y de la política decididas en el continente. Es el síndrome de la ocultación: “Si le digo, le engaño…” Pensar hacia adentro, crecer hacia adentro. Habrían de llegar desde la inmensidad del océano otros hombres que les mostrarían prodigios, y entre ellos los secretos de la navegación, que habían extraviado en cuanto fueron abandonados en tales peñones con las lenguas cortadas, y el dictado de no volver jamás a sus orígenes bereberes. Y bien que vinieron los mallorquines, los normandos, los gallegos (en el siglo XVI llegan naos gallegas a La Gomera y aún hoy existe en el norte de La Palma una pequeña población llamada precisamente así, Gallegos) y también los castellanos, pero sobre todo los hombres de la Baja Andalucía, componentes de las fuerzas que desembarcaron con la cruz en una mano y el arcabuz en la otra.

Ante el agobio se recurre a la magia, y hay tradición de aparecidos, luces de ánimas, curanderos y brujas sanadoras, símbolos masónicos incluso en la iglesia palmera de El Salvador, el templo masónico de Santa Cruz de Tenerife, el monumento masónico en la Plaza de España de Santa Cruz de La Palma en honor de un sacerdote amigo de los masones. Heredamos prácticas de los aborígenes, como el uso cicatrizante de la sangre del drago, y rituales favorecedores de la lluvia siempre escasa como La Rama en Agaete, y apuntes ceremoniales de culto solar. Esos elementos se entremezclan con la tradición mágica del Mediterráneo, la del mal de ojo compartida por los pueblos cristianos y los islámicos, así como la Santa Compaña de Galicia y los espíritus favorecedores. Elementos arcaicos de la cultura popular como los Ranchos de Animas en los que participaban incluso los esclavos negros de los ingenios de azúcar y sus descendientes, y con las meigas y tristezas de la música lánguida.

Tanto en la arquitectura como en la gastronomía y el folklore, la vinculación con Madeira y Portugal es evidente. La plantación de caña de azúcar la dirigían portugueses (Telde, Tazacorte, La Orotava, etc), y hay portuguesismos, en el lenguaje campesino y en el marinero. Al haber tan pocos médicos en los centros urbanos –solo debían tenerlo el obispo y los corregidores, el inquisidor y los aristócratas de los mayorazgos- en los andenes y junto a las cuevas prehispánicas, en los riscos y vaguadas, en los terrenos quebrados y ásperos del interior, florecieron los curanderos, las yerberas y las hechiceras que conocían los rudimentos del arte de la sanación, en los que tanto se incluían las plantas medicinales como las pócimas de amor. Además, están los elementos mágicos del Caribe traídos por los emigrantes en el retorno: De Canarias somos / de La Habana venimos / no hace un cuarto de hora / que de allí salimos. La magia blanca y la magia negra que configuran el grueso de los procesos inquisitoriales, pero que no consigue frenar el Santo Tribunal, a pesar de sus procesos y de las quemas en la ciudad de Las Palmas.

Magia como sueño y vuelo poético para intuir otros mundos, más allá del mar, frontera pero también camino. La cola de un avión es el mejor espacio, pues por ella los insulares ejercen su imprescindible ejercicio de ir y volver, como si fueran cocodrilos acomodados a las aguas cenagosas del fondo de un río, incrustados con rotundidad en el lecho, y que –como ejercicio expiatorio- de vez en cuando necesitan remontarse a la superficie, llenar sus pupilas con la luz, tomar oxígeno, quedarse repletos de aire para ser capaces luego de volver a la madriguera en la que han de seguir viviendo. El Atlántico tenebroso y compulsivo es nuestro líquido amniótico que mediante el cordón umbilical de la isla nos sigue atando a la realidad. ¿O será con la irrealidad?

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